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Lucrecia Benítez Lima

@Lucrecia_Benitez_Lima

Dignidad en silencio.

Una presencia tranquila y luminosa, discreta, muy cariñosa y con una fe serena que se notaba en lo pequeño. El recuerdo de sus manos ocupadas, su manera de cuidar sin alardes y esas noches de cuentos y valores que aún me acompañan.

Las Palmas de Gran Canaria
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我的传承

Dignidad en silencio.

Nació en El Hierro, se llamaba Lucrecia y llevó siempre una vida marcada por la sencillez, su fe y una profunda vocación de cuidado hacia los suyos. Fue una mujer serena, cariñosa y discreta, de esas presencias que no buscan imponerse pero que terminan siendo esenciales dentro de una familia. Su religiosidad, vivida desde la convicción y la práctica cotidiana, formaba parte natural de su manera de entender la vida y de relacionarse con los demás.

La vida la enfrentó a pruebas muy duras y difíciles. La pérdida traumática de una hija menor dejó una huella que la acompañó siempre, asumida con una dignidad silenciosa que pocas palabras pueden explicar. Tiempo después llegó también el abandono de su marido, una realidad compleja para cualquier persona y aún más para una mujer de su tiempo. Desde entonces permaneció junto a su hijo, construyendo un vínculo más profundo si cabe, mientras la vida para él replanteaba su curso entre responsabilidades a asumir antes de lo previsto.

Encontró su lugar desde la cercanía y el trabajo cotidiano dentro del hogar. Le gustaba coser y tenía una habilidad especial para los arreglos de ropa; entre hilos y colaborando en casa con naturalidad y sin buscar reconocimiento pasaba los días. Era una mujer delgada, de piel muy blanca y delicada, poco amiga del sol, con una presencia suave que transmitía calma. Comprensiva y respetuosa con el papel que ocupaba dentro de la familia, supo ser un apoyo constante desde la discreción y el cariño hacia su familia.

Como abuela fue especialmente afectuosa. Le gustaba el contacto cercano y repetía con convicción la importancia de ser buenas personas. Por las noches transformaba el silencio en historias, los cuentos clásicos que aún hoy permanecen en mi memoria como uno de los recuerdos más cálidos que tengo de mi niñez.

Vivió su última etapa marcada, desgraciadamente, por el Alzheimer, una enfermedad dura y todavía poco comprendida en aquellos años. La falta de información y de conciencia sobre lo que realmente implicaba nos hizo enfrentarnos a aquella realidad con más incertidumbre que certezas. Con el paso del tiempo, ya de adulto, uno aprende a mirar atrás desde otra perspectiva, entendiendo mejor lo que entonces resultaba difícil de entender y enfrentar, y guardando hacia ella un recuerdo de orgullo y ternura, además de mi arrepentimiento por no haber sabido hacerlo mejor tan joven.

Se fue en su casa, nuestra casa, rodeada de su familia, del mismo modo discreto con el que había vivido siempre; y aunque los años pasen, permanece la sensación serena de haber compartido la vida con una mujer sencilla, tremendamente resiliente y humana, cuya huella sigue presente en quienes tuvimos la suerte y enseñanza de crecer a su lado.

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